En 1935, en Cullera, la familia Cerveró encendió por primera vez el fuego de su alambique.
Una destilería nacida con ilusión, donde se destilaba como se había hecho siempre: con leña de naranjo, paciencia y mucha mano de maestro.
Desde aquel primer día, tres generaciones de la familia han continuado el mismo camino: aprender el oficio dentro de casa y transmitirlo como un auténtico legado familiar.
Aquello que empezó como un proyecto humilde se convirtió, con el tiempo, en un aroma inconfundible que forma parte de Cullera: de sus calles, de sus bares, de sus fiestas y de sus tradiciones.
Antes de convertirse en símbolo de fiesta, la cassalla tenía un papel muy diferente.
Ayudaba a combatir el frío de los jornaleros, despertaba el apetito antes de las faenas, facilitaba la digestión después de comer y, mezclada con agua o limón, refrescaba los veranos más calurosos.
Era una bebida funcional, cotidiana, arraigada al pueblo y a su manera de vivir.
La familia Cerveró lo tenía muy claro: querían conservar aquel sabor de verdad, el de antes, el que no tiene prisa, y compartirlo con su gente.
Por eso la destilería nació con una idea muy simple: hacer una bebida honesta, fiel a la tradición y a su origen.
Hoy seguimos trabajando en el mismo lugar, en Cullera, y con el mismo espíritu.
El alambique sigue siendo el corazón de la casa, cuidado como un miembro más de la familia y alimentado, como siempre, con leña de naranjo.
Hemos modernizado lo que tocaba y hemos creado nuevas variedades y ediciones especiales, pero hay algo que no ha cambiado: la cazalla sigue haciéndose igual que hace casi un siglo, con paciencia, respeto y orgullo de oficio.
Porque, al final, todo lo que hacemos tiene un objetivo: mantener viva una manera de entender la vida… y compartirla con nuestra gente.
Botellas que ya son historia
¡Que la noche no te pille sin cazalla!